6 de diciembre de 2017

Hoy ha sido un día intenso.

Otro más en este país de la revolución chavista que nos ha impuesto el vía crucis como forma de vida.

Hoy, como todos los días que salgo, fui al banco a buscar efectivo ¡Y había! Yeeeeyyyyy…

Una alegría enorme porque llevaba más de una semana yendo a trabajar a pie por falta de dinero para pagar el bus. Bueno, dinerito sí tengo pero, cuando lo quiero convertir en billetes no puedo, está en algún lugar impreciso entre el banco y mi cartera, merodea por ahí, en la dimensión desconocida junto a todos los productos de la revolución chavomadurista.

Por un instante no supe qué hacer ya que la fortuna me regalaba dos opciones, algo poco visto hoy en día en Venezuela: Una, la cola fuera del banco, la de los cajeros automáticos, de donde podía sacar apenas diez mil bolívares (diez mil con cero cero céntimos), suficiente para pagar un café pequeño y una botellita de agua mineral pero que me resolvería por unos días el problema del transporte. La segunda, la fila dentro del banco, muchísimo más larga que la de afuera pero que me llevaba a una taquilla en la que me permitían sacar –sólo si presentaba la libreta de ahorros- cien mil devaluados, digo, maduretes ¡Perdón, no sé qué me pasa, bolívares! Toda esta información la obtuve preguntando a los habitantes de las colas y a dos personajes, especie de cuidadores de entrada a discoteca pero en versión puerta de banco a las once de la mañana, es decir, prepotentes y maltratadores.

Opté por la segunda. La fila era larguísima porque, aunque eran apenas las 11:20 de la mañana, de seis sólo funcionaba una taquilla. Allí supe que los 100.000 me los daban en un único, entero e indivisible billete, algo tan inútil como tener a la mamá muerta. Pero como soy optimista –o boba- decidí quedarme y hacer el trámite para tener el billete.

Otra sorpresa: No hay planillas. No hay recibos, y no es que el banco haya entrado de lleno a la era digital o a la ecológica porque, en un papelito cuadrado de unos 8 Cms. me hicieron estampar huella, firma y cédula de identidad.

—¿Copia de eso?— pregunté señalando el papelito.

—No madre, es todo.

De ahí pasé a la cola de los cajeros automáticos, a buscar los 10.000 en sencillo que, según me informaron estos nuevos residentes de la cola, hoy estaban saliendo en billetes de mil.

—¡Bingo!— Susurró mi subconsciente —Es mi día.

De los tres cajeros funcionaban uno y medio así es que tardé otros 25 minutos en llegar a la máquina que me dio 10 billetes de mil en tres transacciones, dos de cuatro y una de dos.

De los diez mil apenas me quedan cuatro y tengo un billete de 100.000 que a estas horas nadie, pero es que nadie, ha podido ni querido cambiar.

 

Autor: Ana Black

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