5 de diciembre de 2017

Querido peniario:

Hoy fui al mercado.

Necesitaba comida, cualquier cosa que llenara mi nevera que se mantiene vacía, más que nada, por miedo. Me da miedo -y mucho- ir a comprar, lo confieso.

Me da terror entrar y sumarme a la fila de zombis que empujan carritos y se detienen ante los estantes (donde hay mercancía) a revisar los precios como con la esperanza de que en la tercera mirada ocurra el milagro y aparezca la rebaja en ese mismo paquete que lleva cinco minutos auscultando.

Me da miedo porque he notado que yo también estoy pareciéndome a ellos, a los zombis, que no más traspasar el umbral del local también me encorvo, pierdo la mirada, arrastro los pies y disminuyo la velocidad de mis movimientos en un 43%. Ya no soy aquella mujer dinámica, peleona, intransigente, que no perdonaba un carrito mal estacionado ni a una persona lenta o aquella manía tan venezolana de la familia completa (y completa incluye tres generaciones) haciendo mercado y discutiendo la marca del champú en bloque a mitad del pasillo. Eso es historia, esa mujer se desvaneció. Ahora, cuantimás digo como excusándome: “¿Me da un permisito, por favor si es tan amable y disculpe?” y si no me paran intento mover yo el carrito sin perder la sonrisa y si me ven muy feo –como casi siempre- me quedo allí, muy grogui, muy al estilo recién resucitada que tanto se está llevando en esta temporada en Venezuela. Es que si no, me matan.

Me aterra encontrarme con que 150 Grs. de jamón de pierna (de pierna de cochino) cuestan casi casi un sueldo mínimo. Lo mismo con el queso, una ñinguitica así de queso dizque guayanés es equivalente a dos semanas de sueldo básico. Sufro mucho calculando cuántos tomates podré llevar que alcancen para una ensalada pero que no me descalabren el presupuesto… bueno, presupuesto…

Le temo a la gente que se acerca a hablarme porque siempre hacen preguntas que, además de no tener respuesta, me deprimen más de lo que ya estoy por el simple hecho de encontrarme allí.

—Señora ¿Usted sabe si va a llegar leche?

—Madre ¿Tu sabes si este precio es por el paquete completo o sólo por la unidad?

—Perdona mija ¿En verdad aquí dice 600.000 bolívares o como dicen mis hijos estoy ciega de bolas?

Compré tomate, cebolla, batata y queso. Me provocaban mucho unas chuleticas ahumadas pero, que va, empecé a fibrilar cuando vi el precio y desistí.

Después de 47 minutos en la cola para pagar, que equivalen a 47 minutos de terapia grupal, y cuando faltaba 1 persona para que me tocara a mí, la cajera puso el letrero de “Caja cerreda”.

—¿Pero por qué cierra la caja si apenas son las diez y media de la mañana?

—Lo siento mami, voy a hacer pipí. Cámbiate pa la dial lado.

Ahí quedaron mis cinco tomates esmirriados, las dos cebollas, las cuatro batatas y la ñinguitica de queso. No tuve fuerzas para calarme otros cuarenta minutos de coliterapia. No pude.

Y aquí estoy, comiéndome el último poquito de pasta que me quedaba con nada.

Es que no pude.

Autor: Ana Black

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