Un hijo en la resistencia

Si yo pudiera transmitir en estas líneas la angustia de esta mujer mientras duró nuestra conversación, si pudiera dibujar la expresión de orfandad en su rostro, los ojos sin lágrimas que no pararon de llorar, la voz quebrada, rota; las manos que nunca encontraron la expresión que buscaba transmitir… Si tuviera la opción de transcribirla como habló, sin pausas ni comas ni puntos ni signos de admiración, quizás, quien lea esto podría acercarse –algo- a su desamparo.

Era domingo 30 de julio de 2017 y se llevaba a cabo el proceso de elección de candidatos para la Asamblea Nacional Constituyente, un proceso que para la gran mayoría de los venezolanos es fraudulento, prepotente e inconstitucional. Los venezolanos demócratas estábamos en la calle gritando ese descontento, denunciando el nuevo golpe y -más que otros días, mucho más– hubo acoso, amedrentamiento, persecución y fueron más atroces los cobardes ataques de las fuerzas armadas del régimen.

Estoy con una mamá que tiene un hijo en la resistencia, la refugiamos, como a tantas otras personas que huían desesperadas de la ferocidad animal y desmedida de los guardias nacionales, esos que suben por nuestra estrecha calle –haya o no a quién perseguir- disparando perdigones y bombas lacrimógenas sin ver. No apuntan a nada, su resentimiento no tiene un blanco preciso, su adoctrinamiento no tiene un mínimo de sentido común, de respeto por normas internacionales o a algo que se parezca a un derecho humano. Van dos en cada moto y mientras el conductor zigzaguea y se ríe, el de atrás dispara y se ríe también, una vez hacia este lado, cambia el arma y lanza el siguiente bombazo hacia el lado opuesto. Equitativo. Las bombas caen en la acera, en los negocios, dentro de los apartamentos y sobre la gente. No importa si en los edificios hay niños o ancianos o chavistas o discapacitados.

—Él está allá abajo– nos dijo cuando acudimos a intentar serenarle la angustia, a abrazarla como queriendo protegerla de otro mal pensamiento, para transmitirle la ñinguita de valor que nos quedaba a nosotras, las que no teníamos hijos allá abajo.

Le pregunto qué significa para ella todo esto y tras un largo y sonoro suspiro, como si no hubiera oxígeno suficiente en el mundo para mantenerla viva mientras su hijo está enfrentándose a la fiereza de Guardia y Policía Nacional Bolivariana, Jenny empieza a hablar.

—Todo esto para mí ha sido la peor experiencia de mi vida, nunca me imaginé llegar a ver a mi país en estas condiciones. Nunca me imaginé llegar a ver a mi hijo que es mi vida, mi luz, mi todo, mi único hijo luchando por unos ideales, luchando por lo que él quiere tener, por una mejor Venezuela. Un hijo que tiene una adrenalina a millón y no hay manera de que yo pueda mantenerlo a mi lado. Yo quisiera tenerlo aquí –y cruza los puños frente a su pecho- pero también tengo que entender que es su lucha, el momento de su generación, su vida pero no tienes idea del dolor que siento no solamente por mi hijo sino por todos los chamos que están en esta lucha y los que han muerto. Es una angustia… una angustia desde el mismo instante que él pisa el asfalto y corre hacia la plaza, es que no dejo de rezar y de pedirle a su abuelo que está en el cielo que lo cuide y que me lo devuelva sano y salvo que no me le pase nada, es pedirle a los santos, ¡es que yo no sé cómo decirte! Yo siento que la vida se me va cada vez que él sale a luchar por lo que él siente que debe ser, por su libertad. Entonces es la angustia y el corazón en la boca mientras no llega, es reventando a la negra Francisca Duarte –su otra madre-, a mi viejo, a los ángeles, a San Judas Tadeo que es mi santo también, pidiéndoles que me lo devuelvan, y eso es cada vez que sale porque es algo que no te deja vivir.

Hace como un mes la Genebé (Guardia Nacional Bolivariana) nos atacó una tarde, yo caí frente a un edificio allá abajo porque ya los gases no me permitían respirar, los guardias no me vieron por tanto humo que había. Estábamos varias personas ahí y no nos vieron, si nos hubieran visto nos hubieran tirado perdigones. Vinieron los primeros auxilios a rescatarnos, a darnos aire y a los empleados de la pizzería, y en un momento recordé que él también estaba por ahí en el edificio de un amigo que vive al frente. Después me contó que habían logrado esconderse pero los guardias se dieron cuenta y metieron los fusiles por la reja y, aunque la gente del edificio les lanzaba cosas a los policías para que los dejaran, igual les dispararon los perdigones a quemarropa. Un señor que bajó a rescatarlos les mandó a desvestirse pensando que estaban heridos pero mira, yo le recé tanto a su abuelo que ellos apenas tenían unos morados. Nadie entendió cómo si les dispararon a quemarropa. Ese fue mi papá.

Todos los días pelea conmigo y me dice: «Mamá ¿qué estoy haciendo en este país? Tu viviste, te graduaste, te casaste, me tuviste a mi, tuviste una vida ¿Qué me espera a mi? ¿Cómo me puedes decir que no salga a luchar si es mi vida, es mi futuro?» Tiene 24 años, está estudiando derecho y desde el 2014 no ha dejado de luchar, desde que este desastre comenzó en el 2014 mi hijo no ha dejado de luchar. Para mí no sólo son libertadores esos chamos que salen y se tapan sus caras, el mío no se tapa su cara, el mío siempre, igual que ellos, los que salen con su cara tapada también sale a luchar con esa vehemencia, con esa adrenalina, con esa impotencia a la vez y con esa rabia, con esa indignación de ver como estamos perdiendo el país.

Jenny no ha parado de llorar desde que empezamos a conversar, no ha dejado de mirar al cielo y de suspirar cada vez que empieza un párrafo. Me conmueve porque siento que está constantemente buscando una migaja de fuerza que la sustente hasta que vea aparecer a su hijo o sepa que está bien.

«Mamá, cuando este gobierno llegó yo sólo tenía 5 añitos, yo no he conocido otro sistema. Yo lo que conozco es este desastre. Yo no he visto sino esto, lucha, lucha, lucha y que las fuerzas del Estado lo que hacen es atacarnos». Eso me lo dice él todos los días. Yo todos los días hablo con él.

Él me dice que me calme, que me quede tranquila pero que él no puede hacer nada, que va a seguir en la calle porque es la lucha de él, es la lucha de sus amigos, es la lucha de todos los jóvenes.

—¿Has bajado con él alguna …? —Y me interrumpe decidida.

—Sí. Porque siento que lo protejo aunque él se aleja muchísimo de mí ¡Tengo tantas anécdotas! En 2014, al otro día de haberse entregado Leopoldo, no sé si recuerdas que tomamos la plaza en la noche. Mi hijo estaba mucho más abajo devolviendo las bombas y de repente fuimos emboscados y corrimos en todas direcciones y a mi me agarran en la esquina de Miga’s, me golpearon muchísimo, estuve dos días hospitalizada. Me pusieron la pistola en la sien, un guardia nacional que me dijo: “Te voy a matar escuálida, no vas a poder seguir manifestando porque hoy te mueres”.

Me salvé porque los vecinos de un edificio gritaron para que me soltaran, cuando la guardia se fue me sacaron del cuarto de la basura donde me habían metido para golpearme y me refugiaron.

Yo pensaba: «Si a mi me golpearon de esta manera a mi hijo lo mataron, yo que soy mujer… a mi hijo lo mataron». Gracias a Dios esa noche refugiaron como a treinta y siete chamos en la embajada de Costa Rica y uno de ellos era mi hijo. Y como hacia la media noche fue que lograron rescatarlos a todos y fue el momento en que pude abrazarlo y darle gracias a Dios porque estaba bien. Pero, desde ese momento, 2014, desde ese día, esto ha sido una lucha… Te digo que fueron unos meses terribles, hubo como un receso hasta este año que…

Y de repente se le iluminó la cara, algo sucedió a mis espaldas que le cambió la expresión, se le relajaron las arrugas de la frente y sonrió.

—¿Tu viste que se asomó mi hijo? Ese es mi hijo ¿tu no lo viste? Uno de gorra, alto…

Cuando volteé ya la aparición se había desvanecido y cuando volví mi atención a ella su angustia había vuelto tan pronto desapareció el muchacho.

—Él no se tapa la cara, es una lucha, es algo que no me deja descansar, yo no duermo, siento que me estoy enfermando, por más que piense en positivo es muy difícil porque no estamos luchando contra gente normal, estamos luchando contra delincuentes que están sacando de las cárceles, contra asesinos, gente maligna que no les importa si tienen que matar a su madre, a sus hermanos, a ellos les da lo mismo, entonces ¡cómo no me voy a angustiar, cómo no voy a estar mal! Yo soy como incoherente con Dios, le pido mucho todas las noches y cuando lo tengo que alumbrar lo alumbro pero, peleo mucho con él ¿sabes? porque yo le digo: «¿Qué más tenemos que vivir y qué más nos tiene que pasar para que tu nos escuches? Así como estoy yo está el ochenta por ciento de las madres alumbrándote y pidiéndote por nuestros hijos y los siguen matando y los siguen agrediendo ¿Qué tenemos que aprender? ¿Por qué no nos oyes? ¿Cómo es posible que tu le des cada día más cancha y poder a estos malignos y a nosotros nos están prácticamente desapareciendo?».

Yo creo que todas las madres están como yo, todas estamos sufriendo de la misma manera. Esta es una juventud muy avanzada que no tiene miedos, van detrás de lo que quieren, no les importa lo que les cueste ni el riesgo que corren, yo lo digo por mi hijo… Lo digo por mi hijo.

Se oyen los pitos, se activa la alarma vecinal que advierte a los vecinos que los guardias se acercan.

—Ahí vienen otra vez —le digo.

—Los muchachos no tienen vida —se responde a sí misma.

Suenan los pitos con más insistencia.

—Ahí vienen… aquí están.

 

Autor: Ana Black

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