La profanación de un país

En las familias, al menos en la mía, suele haber una tácita distribución de responsabilidades, indiscutibles porque nadie se atreve a contradecir el mandato de una madre por más tácito que sea, pues bien, una de las mil tareas que a mí me fueron asignadas a lo largo de mi vida, y sigo sin saber a cuenta de qué me tocó esta, era la de acompañar un par de veces al año a mi mamá y sus tres hermanas a hacer una especie de gira familiar del pasado en el Cementerio General del Sur en Caracas.

Llegábamos muy temprano en la mañana y siguiendo un plano mental que tenían las hermanas tras años haciendo el mismo recorrido, comenzábamos las visitas empezando abajo a la derecha y en zigzag subíamos, cruzábamos, bajábamos, deteniéndonos cada tanto tiempo a limpiar las tumbas, poner algunas flores, enderezar barandas y jarrones y por último rezar por cada una de las almas de quienes estuvieran descansando allí. A unos (muy pocos y selectos, lo cual mi ya incipiente agnosticismo y la impaciencia de la edad agradecían profundamente) el rosario completo, a otros unos cuantos responsos y a los demás Padre nuestro, Ave María y amén.

Eran muchos, era toda la historia familiar la que recorríamos: padres, abuelos, bisabuelos, hermanos, tíos, señoras que habían cuidado a la abuela o a las propias tías. En esas giras supe de parientes ignotos porque en cada parada surgían anécdotas inéditas, recuerdos nuevos –o repetidos, daba igual- lo importante es que a cada tumba se la atendía con igual esmero y la misma naturalidad con que se trata a un familiar de visita.

Después las tías dejaron de ir, o consiguieron nuevos acompañantes y quedamos mi mamá y yo, supongo que mis hermanos prefirieron no alterar el orden impuesto por aquel mandato tácito. Yo lo hubiera hecho.

También después comenzaron a hacerse amargas estas visitas. Empezaron a desaparecer letras de las lápidas, floreros y adornos de las tumbas, y mamá a empeñarse en reponerlo todo, en mantener vivo y pulcro aquel postrero nexo con sus muertos como para que ellos supieran que no los abandonaba. Varias veces repusimos las letras de bronce hasta que accedió a hacer unas losas con los nombres tallados, menos vistosas es verdad, pero menos atractivas para los malandros. Pasamos de los delicados floreros en juego con el conjunto a llevar en cada visita maticas de flores, de esas baratongas, que igual se las iban a robar apenas saliéramos de allí pero al menos «no llegábamos con las manos vacías».

Decirle que no tenía sentido ir al cementerio porque, al fin y al cabo, la esencia de ellos no estaba en esas fosas, lejos de hacerla desistir de las visitas, la enardecía más, sólo conseguía la peor respuesta, el más duro reproche que se puede tener de una madre: Una mirada soslayada, dura y silenciosa, esa que sus hijos llamábamos «la mirada» y que significaba sólo una cosa: Igual voy a volver.

Pero un día, cuando el viejito que cuidaba las tumbas se manifestó a nuestras espaldas, casi transparente, como un residente eterno de aquellos predios, le dijo «No vuelva mi doña. No vuelva que esto está muy peligroso», entendió y nunca más pidió regresar. Muy de vez en cuando preguntaba cómo estaría «aquello por allá» pero se le fue pasando, o no quiso hablar más de eso. Quién sabe.

Hace unos meses, cuando empezamos a saber que el vandalismo en el cementerio había escalado al nivel de la barbarie, y sintiéndome heredera de aquel compromiso, le planteé a mis hermanos qué debíamos hacer y la respuesta fue la misma que yo me daba: un largo, largo y perturbador silencio. Un silencio doloroso, un silencio huérfano. Fue, es, la mudez del desconcierto que genera saber que –aunque no sea su esencia lo que está allí- es nuestra historia, son los huesos de quienes engendraron nuestras vidas y tejieron nuestras historias. Son nuestros recuerdos. Es nuestro papá y son los abuelitos. Nuestros. Nuestros, de más nadie.

La dicotomía es terrible: ¿Vamos a ver qué encontramos y enfrentamos el terror de una tumba profanada o nos quedamos así, sin saber? ¿Vamos y afrontamos en el posible hueco abierto de esas tumbas la descomposición de un país vaciado de valores que parece rechazarnos y agredirnos a mansalva día a día o bajamos la cabeza y pedimos perdón desde aquí, desde esta relativa seguridad?

Y la respuesta de las autoridades a estos hechos no es más que otra vejación, otra violación, otra degradación, otro envilecimiento de este régimen infecto. Es la misma que dan -risueños, cínicos, enfermos de soberbia- ante la muerte de niños por falta de medicinas, ante el desabastecimiento de alimentos o frente al atroz número de asesinatos. La risa indiferente del régimen no es más que otra afirmación de la degeneración ética de quienes dicen que gobiernan este país, la certificación de que Venezuela está en manos de necrófilos.

Por eso #YoRevoco

 

 

 

 

 

Autor: Ana Black

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8 Comentarios

  1. Querida Ana,
    Como caraqueño -pastoreños para más cuento- tengo una historia similar con el panteón familiar el cuidador, los malandros y ese sentimiento de culpa, al abandonar el sitio donde “reposan” los huesos de nuestros ancestros.
    Gracias por compartir tu historia en tu impecable narrativa.
    Cariños,
    Felix

    PD: Me llevo tu nota a mi blog.

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    • LO que se hizo con los restos de Bolívar fue un acto vandálico disfrazado por el oficialismo. La perla de la corona de espinas que cargamos en este vía cruces. !Buen artículo!

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  2. Sin palabras!!?

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  3. Una anécdota que capta el sentir de lo que vivimos venezolanos en todos los ámbitos.

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  4. No cabe otro: NSALA MALEKUN… daaaaaaaaaaaaaaaaaaa

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