Feliz día

Desde que tengo mala memoria y poco uso de razón he condenado el día de la madre, apoyada en una sola reflexión, sólida e indiscutible: Si las madres ejercemos las 24 horas del día de cada año de existencia de todos y cada uno de nuestros hijos incluidos los nueve meses de embarazo ¿por qué no nos dan este día libre?

A mi mamá la atormenté, y mucho porque era una de sus festividades favoritas en la vida, protestando con efervescencia cada vez que se acercaba la fecha, aunque nunca dejé de comprarle su regalo ni de asistir al almuerzo familiar para celebrar su maternidad. A mi hija la entrené para que, siendo ella unigénita insigne, amorosa y atenta, no se sintiera nunca obligada a celebrar un día de la madre. Siempre fuimos juntas a aquellos almuerzos.

Venimos todas de una familia que ha llevado hasta límites insospechados ese concepto tan venezolano de honrar al padre y -muy especialmente y por encima de todas las cosas vivas o muertas- a la madre. Para nosotros tanto el rol de madres como el de hijos se ejerce a ultranza y, lo mejor de todo, sin imposiciones. Somos madres y nos encanta, ninguna sufre, ninguna es víctima, mucho menos sacrificada, somos mamás y ya. Si el mayor tiene zica, el segundo tiene fútbol, la tercera apenas entra en la adolescencia y carece de todo y en la oficina hay un caos insalvable porque el quinto apagón de la semana terminó de dañar la cafetera, la madre, dicho en lenguaje profesional, simplemente lechabolas y ya, quizás un… breve discurso en el trayecto a casa, de repente algún que otro gritito por ahí al llegar al hogar, a lo mejor, ante un cuarto desordenado, una sublime dramatización tipo «¡Me voy a mudar –sssola- a un rancho con piso de tierra!» o al recoger un papel de chuchería del piso: «¿Es que la única que tiene cintura en esta casa soy yo?», de repente al recibir otra citación del colegio algo –y con toda razón- un poquito más subido de tono tipo «¡Señor! ¡Señor! ¿Qué he hecho yo para merecer esta cruz?» pero, más allá de eso, nada. En nuestra familia, por generaciones, ser madre nos ha parecido una nota y lo hemos llevado con gran naturalidad.

Y cuando se trata de ser hijos, igual, reviramos, protestamos, hablamos a sus espaldas, miramos torcido pero somos hijos, hijos, en cuanto esa señora necesita lo que sea, que le consigamos un plomero, que vayamos setenta y dos veces al mercado en una mañana de sábado (bueno, eso era antes, cuando había qué comprar en los supermercados venezolanos), que la socorramos con la computadora,  que la ayudemos a encontrar los anteojos que tiene en la cabeza, que la rescatemos porque la grúa le remolcó el carro, y que finalmente, ya viejita, la acompañemos a cenar porque ha pasado el día en «esta soledad tan terrible» aunque sepamos que desayunó con la hija mayor, almorzó con la menor y merendó vía Skype con su Nene. Lo que sea que ella necesite, allí estamos.

Es como un eterno toma y daca* (de las más acertadas descripciones de la relación materno-filial) pero jugado bajo las más estrictas normas del amor. Allí está la esencia de mi argumento contra el día de la madre, el día de las mamás buenas y dedicadas que tienen hijos buenos e igualmente dedicados. El máximo homenaje que esos buenos hijos le pueden hacer a esas buenas madres es darles el día libre, permitirles la inmensa felicidad de no tener que ejercer aunque sea una jornada chucuta, comprarles todo lo que se les ocurra puedan necesitar para sobrevivir 20 horas de ansiada soledad y en silencio abandonar la casa hasta bien entrada la noche si es que todavía viven bajo el mismo techo o hasta nuevo aviso si es que se han emancipado.

Pero hoy, arrastrando un guayabo del tamaño de este edificio, me di cuenta de que es un día para las madres que, como yo, hemos pasado demasiado tiempo sin abrazar ni besarle la frente a nuestros hijos, que es el mayor acto de ternura y acercamiento que mujer alguna pueda hacer; para las que, a pesar de Skype y Whatssap, Instagram, Telegram, fotos van y fotos vienen a diario y por montones, nos pesa la distancia y nos agobia la realidad virtual. Hoy es un día, o debió serlo para que vinieran esos hijos a invadirnos la casa y la vida con sus ruidos y sus rochelas y su desorden siempre adolescente cuando se trata de la casa de mamá.

Mi saludo va para esas mujeres que viven plenas pero con la constante añoranza del arrumaco presencial, ahítas de tantos días libres que nos han impuesto este éxodo obligado y bastante fastidiadas por las interrupciones en la comunicación y los desvaríos electrónicos.

Aún así, este saludo va apuntalado por  una certeza: los volveremos a abrazar. Volverán a robarnos la paz del domingo y la comida de la despensa; los recuperaremos para que otra vez entren a casa y se instalen en nuestra cama a hablar aguao, a apropiarse de la mejor almohada y el control de la tele. Los volveremos a abrazar y a besarles la frente mil millones de veces en un segundo a pesar de sus quejas.

Hasta ahora todo el que llegó a esta tierra aquí se quedó atraído por el imán de nuestro afecto ruidoso e incongruente pero sólido y veraz. Por eso sé que nuestros hijos volverán, porque muy pronto recuperaremos el país próspero, armónico y generoso donde nacieron y donde mamaron la dicha enorme de ser venezolanos.

Ellos volverán.

Mientras tanto, feliz día.

 

 

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* El Toma y daca (Tit for tat en su expresión original en inglés) es una estrategia óptima en teoría de juegos para el dilema del prisionero iterado.

La expresión inglesa tit for tat significa “represalia equivalente” (toma y daca, tanto “tit” como “tat” son golpes suaves, por lo que vendría a decir “golpea suavemente al que te ha golpeado suavemente”).

En ella, un agente que use esta estrategia responderá consecuentemente a la acción previa del oponente. Si el oponente ha cooperado previamente, el agente cooperará. Si el oponente deserta, el agente se vengará de él.

Esta estrategia depende de cuatro condiciones:

El agente siempre colabora, a menos que sea provocado con una deserción

El agente se vengará ante cualquier deserción

El agente perdona fácilmente una vez que se ha vengado

El agente debe tener una probabilidad mayor de 2/3 de jugar de nuevo contra el mismo oponente

 

 

 

 

 

Autor: Ana Black

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2 Comentarios

  1. Ana qué maravilla de artículo. Me siento identificada en todo,hasta en la añoranza del arrumaco. Y de paso, espero que hayas pasado un domingo feliz¡

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