Una huella perenne

Cuando yo estudiaba Diseño Gráfico, en tiempos cuando el oficio era desconocido para la gran mayoría -pero la mayoría grande de verdad- e iniciando ya el último año de aquellos cuatro frenéticos que nos tomaba hacer la carrera, a las dos de la tarde empezamos la primera clase de una materia cuyo nombre no recuerdo.

Ya el profesor nos alteró el desorden al presentarse vestido de chaqueta. En un ambiente en el que la bohemia imponía las pautas, ver entrar a un señor formalmente acicalado causó impacto y generó reservas. Así nos habló después de presentarse:

—Ustedes han estado viviendo en una acuarela todos estos años, yo les voy a mostrar el mundo real.

Y en efecto así fue, a esa veintena de carajitos que durante tres años habíamos –literalmente- estado encerrados en una escuela de diseño como personajes del renacimiento estudiando dibujo, grabado, tipografía, diseño gráfico y tridimensional, cerámica, medios audiovisuales, fotografía, carpintería, sistemas de impresión, literatura, empaques ¡y pare usted de contar! a partir de ese día y hasta que terminó el año, José Ignacio Cadavieco no hizo sino sacudirnos, confrontarnos, zarandearnos, removernos, atizarnos.

Para la segunda clase, y según sus instrucciones, cada quien llevó lo que consideraba su mejor trabajo realizado en esos tres años. Él se presentó con dos amigos y una cámara de video, unió seis mesones de dos en fondo creando una suerte de sala de reuniones. En un extremo de esa enorme mesa se ubicaron él, sus acompañantes y la cámara, en el otro y por turnos, cada alumno que debía explicar por qué había hecho su trabajo, cómo lo había realizado, por qué había tomado decisiones respecto a color, letras, composición e imágenes.

Los amiguetes representarían a la junta directiva de cada una de las empresas que habían contratado cada trabajo; la cámara se convertiría en testigo implacable de muletillas, meneadas de melenas, tocadas de nariz, sonadas de nudillos, mordidas de uñas y miradas al techo durante las peroratas de presentación de cada pieza.

Y empezó la cámara a rodar, el profesor y sus acompañantes a preguntar y nuestros egos (egos artificialmente inflados durante tres intensos años) a tambalear al enfrentarse a los cuestionamientos y comentarios que hacía esta intimidante pero a la vez vacua e ignorante junta directiva.

—Está bien bonito ese logo pero ¿no lo puedes hacer en lila y plateado que son los colores favoritos de mi hija?

—¿Y si le pones una foto de Juan Vicente Torrealba al dibujo del afiche para que sea más del llano todavía?

—Creo que no entendió bien joven, ese emblema está muy lindo pero queremos que aparezcan representadas todas las manifestaciones de la vida, desde la célula hasta el hombre, plantas, peces, mamíferos ¡Somos un laboratorio biológico!

Cada comentario desataba iras, gagueos, lágrimas e indefensiones. Cada exigencia decoloraba la acuarela y a medida que nos veíamos en las grabaciones nos íbamos ubicando –como bien advirtió Cadavieco el primer día- en lo que iba a ser en líneas generales nuestro enfrentamiento con una realidad compuesta por personas que poco entenderían de arte, lenguajes cromáticos, proporciones áureas y otras sublimidades.

Supimos entonces que la vida real se parece más a un papel cuadriculado en el que se deben esbozar ideas, trazar las primeras líneas, sentar bases, plantear acercamientos para, después de la negociación, pasar a ejecutar un cuadro hecho a cuatro (o más) manos.

 

Por eso le agradezco. Siempre.

 

Autor: Ana Black

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2 Comentarios

  1. ANA:
    Fue muy grato recibir via Jose Antonio Terife noticias tuyas. Y mas grato aun leer tus generosas palabras hacia mi.

    Conservo aun frescas esas vivencias en La Florida, y me imagino el efecto que han debido tener nuestras palabras disonantes y retadoras en aquel Eden en el que Uds. soñaban y aprendian.

    Tenian un objetivo, y creo que lo lograron. Al menos eso entendi al observar los efectos y los resultados, que aun a corto plazo podiamos apreciar.

    Lo grande es que a medida que tratabamos de enseñar, eramos nosotros beneficiarios tambien del aprendizaje, al tener que captar las distintas personalidades de cada quien, para adecuar y dosificar nuestro lenguaje y nuestro reto.

    Para mi, y para mi compañero en esas tareas Oscar Ghersi (+), fue una de las experiencias mas gratas y enriquecedoras en nuestra vida.

    Recibe pues un afectuoso saludo, con el recuerdo de aquellos dias hermosos y fructiferos.

    Jose I Cadavieco S

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  2. Tal cual Ana Black.
    Te recuerdo siempre

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