Lenguaje, discurso y modelaje

Yo tengo un amigo que dice que mi problema en la vida es que tengo el sí flojito, que me meto en serios problemas porque ando diciendo que sí a (casi) cualquier cosa que me propongan sin medir las consecuencias.

Cuando me dijeron si quería venir a acompañarlos en esta actividad de inmediato dije que sí, que encantada de la vida que qué chévere… y después pregunté, después leí el programa cuyo título rezaba: IX JORNADA NACIONAL DE EDUCACIÓN SUPERIOR   –C O N A E S U- “Perspectivas Gerenciales para la Innovación y el Desarrollo” Del 28 al 30 de Octubre de  2010 Y entré en pánico y comencé a sufrir ¿Qué voy a decir yo, diseñadora gráfica, que ni siquiera soy TSU porque en aquellos tiempos –como consta en mi currículim- nadie sabía que eso existía, en unas jornadas cuyo tema central es “Perspectivas Gerenciales para la Innovación y el Desarrollo” Yo sé lo que significa ese título descompuesto, es decir, conozco el significado de la palabra perspectiva, sé qué significa innovación y desarrollo, y el término gerencial… me suena pero… todo junto… me hizo entrar en pánico. “¡Dios!” dije “¿Por qué me hiciste con el sí tan flojito? ¿Qué le voy a decir yo a esa gente si lo máximo que he gerenciado en mi vida ha sido justamente el sí flojito y sus consecuencias?”.

La clave estuvo –justamente- en las palabras. Las palabras, el lenguaje y cómo nos modela. Yo, hoy voy a hacer un viaje a lo cotidiano, a la esencia, al origen donde se forman

 

 

Lenguaje, discurso y modelaje

 

En estos días, mi hija Victoria, quien ya tiene 24 años, es licenciada en Artes Plásticas, trabaja y tiene novio, o sea, es grande, me explicaba cómo debía proceder para resolver un problema técnico que teníamos en la cocina: “Agarras el cablecito y lo pasas por el huequito que está justo debajo del suichecito rojo, después le pegas un pedacito de teipe, metes el tornillito y lo peroleas con el bicho de estrías”.

Impactada por el abuso del diminutivo, le llamé la atención, le di a entender que era casi patética la manera en que acababa de hablar, tanto, que hasta era capaz de perdonar el verbo perolear. “Mamá”, me dijo con cierta tirria en la mirada, “tu tienes toda la vida hablándome así”.

Y es verdad. Ella tiene 24 años y yo todavía le digo “hijita” y le pregunto qué prefiere para acompañar el pollito, si pastica o arroz. Le escribo por el celular que de regreso del trabajo traiga lechita para la cena, y le pido que me acerque la bandejita del café, o los mantelitos individuales, o las cucharitas para el postre.

No crean, me cayó muy mal que me lo echara en cara con tal rudeza porque yo llevo toda la vida luchando contra ese sufijo sin ningún éxito… ya vemos por qué. Ese día, cuando me recuperé de tan bajo golpe –auto infligido, además- entendí todo, vi la película y acepté que hablar en mini  ya es parte de nuestra historia patria, de nuestra esencia nacional, es uno de los más importantes eslabones de nuestro genoma humano local.

Pocos habitantes de este país se libran de esta modalidad verbal dado que el 90% de las madres venezolanas y el 90% de las abuelas y el mismo porcentaje de las bisabuelas y de todas las generaciones anteriores desde Guaicaipuro para acá le hemos hablado a nuestros hijos “en chiquito” … y el 10% de mujeres que no lo hizo está integrado por inmigrantes que no sabían que eso se podía. ¡Seguro! Mujeres que, lo más probable es que a los cuatro meses de haber desembarcado en Venezuela ya le estaban hablando tuñequeado a sus niños. Las españolas engatusando a sus críos para que se comieran las patatitas, las italianas disimulando la berenjena en la pastica, las portuguesas ofreciéndoles entre guiños y cantos a sopiña de apio o las alemanas alabando las virtudes de la jodillita de cochinen

Desde los tiempos prehispánicos a los venezolanos nos han consolado el dolor de barriga con aquello de “sana, sana culito de rana”; nos enseñaron a recitar con el sapito lipón; nuestros villancicos están plagados de caballitos y burritos que van a Belén; nuestras primeras oraciones están cundías de virgencitas y niñitos Jesús, y plenas están nuestras poesías de angelitos multiétnicos y ratoncitas presumidas.

Mi abuela le cantaba a esa misma niña, mi hija, mientras la mecía en sus rodillas, esto: “Antonio Retoño mató a su mujer con un cuchillito del tamaño de él…”. Si alguna vez me preocupó esto del modelaje y el lenguaje fue en esos tiempos porque debo decirles que Antonio se llama el papá de la criatura, pero, ante mis airados reclamos, la dulce ancianita me respondía con gran indiferencia que no fuera necia, que esa niña no oía qué le estaba diciendo sino cómo se lo decía.

Muy sabia. Otra lección más.

En el ámbito doméstico -donde todo mal y todo bien se origina, génesis de todas nuestras desviaciones- nada se estudia, todo se hace de manera empírica… o a los tortazos. Desde la lactancia materna hasta el acto de cocinar resolvemos según el berrinche que esté formando el nene o dependiendo de los ingredientes que para el momento existan en la despensa. Es decir, una vez madre, la mujer comprueba que el famoso doctor Spock es un fraude y que el recetario hindú puede ser de lo más exquisito pero, si se nos olvidó comprar curry… ¿Me explico? En el ambiente doméstico, el venezolano al menos, que es el que dominamos, no hay librito, ni teoría, ni estudios que valgan, allí sólo impera la ley del instinto, del buen juicio, del más astuto y -por encima de todo- de quien pronuncie la última palabra.

En el mundo hogareño el poder no lo tiene esa palabra; en una casa decente el verdadero control lo ejerce la entonación que se le da a cada vocablo. Una madre puede decirle con toda dulzura a su hijito de tres años cuando lo pilla haciendo una torre de cojines para alcanzar el pote de las chucherías: “Tesorito, si no te has bajado de allí para cuando cuente tres te voy a arrancar las piernas” y –anótenlo– el muchachito no se dará por enterado. Otra cosa es que, habiendo sido pillado en la misma situación, se le diga con severidad y mirándolo a los ojos: “Palabra: sonido o conjunto de sonidos que designan una cosa o idea”. Júrenlo, al instante la criatura se va a bajar.

Indudablemente, en el hogar comienza el modelaje.

Los niños venezolanos hacen pupusito, se tiran peítos, se suenan los moquitos, comen camburcito y uno les pone el suetercito para que no se enfermen.

Hemos formado hombres que, aunque se bajan del carro mirando a la distancia con displicencia, caminan como si lo que llevaran allí, ya saben, entre las piernas, fuera más bien un fardo de algodón, entran a la arepera, apoyan medio cuerpo sobre el mostrador y le dicen al empleado con voz recia: “Pana, primero tráeme un vasito de agua que ando recalentado…”. Varones, varones que piden la colita y se despiden mandando besitos.

Otro caso que se me ocurre nos puede haber estado jugando una mala pasada en cuanto al modelaje inadecuado a través del lenguaje es el de las imprecisiones y eufemismos como, por ejemplo, llamar totonita y corotico a lo que les conté; decirle aquello a lo que les conté pero cuando describe al de los adultos; referirse a la ex como “la innombrable”, al ex como “El des-ga-ra-ciao-essse”, y mandarlos a ambos para “tú sabes dónde”. Nosotros no tenemos relaciones sexuales, hacemos cositas; no somos infieles, nos ponemos cuernos; no llegamos a casa el sábado en la mañana después de tremenda rumba, nos echamos una escapadita…

Lo mismo –y respetando distancias- sucede en la cocina. Es serio esto del modelaje, no crean… ¡Cuántos sinónimos existen para designar un poquito de cualquier ingrediente! Desde la universal y académica pizca hasta la ñinga, pasando por minga, puñito, poquito y, el ya tradicional pelo ¡y cada uno refiere a una medida específica y diferente y funciona a la perfección cuando se está dictando una receta! Todos sabemos que a un sancocho no se le puede echar un pelito de sal y también es del dominio público –nacional- que la medida ideal de condimento para el periquito del bebé es una ñinguitica. Muchas de las aquí presentes (y ojalá que muchos también) habrán recibido de sus madres o tías o madrinas esta desconcertante respuesta a la pregunta “Por cuánto tiempo se le da paleta a la jalea de guayaba?” Respuesta: “Tú vas viendo”.

 

Tenemos también el tema de los vocablos genéricos, los comodines que usamos para todo y que nos facilitan tanto la comunicación como son el perol, la vaina, la verga (perdón), el peo (perdón), o sea… o sea, sí, osea y (perdón) la güevoná, además de los verbos -también genéricos- bichar, perolear, furular y joder (perdón). Una conversación muy criolla y muy explícita podría ser esta:

–Pásame el perol

–¿Cuál perol?

–La vaina esa para…

Y aquí llenamos el espacio según el escenario donde se esté desarrollando el diálogo: para mezclar la pintura (en el taller de un pintor); para enderezar esta vaina (en un taller de latonería); para batir estos huevos (en la cocina de mi casa); para poner este pellejero (en el quirófano de un cirujano plástico)…

No voy a ahondar en ese tema del que tanto se ha hablado, pero los venezolanos estamos, además de muy cómodos con esta fórmula tan poco exigente, convencidos de que, con la adecuada combinación de esas palabras y un poco de expresión corporal, estamos resueltos, aquí y en Kutusiapón. Casi políglotas, pues.

Creo que si en algo podemos coincidir es en el terror que genera escuchar las espasmódicas y casi guturales conversaciones entre nuestros jóvenes –y muchos, muchos adultos. Yo por lo menos me estremezco, sufro… y tengo que hacer enormes esfuerzos por no salir corriendo a espescuezarlos a todos cuando los oigo -tanto a niñas como a varones- gritarse de un lado al otro del centro comercial: “¡Mmm-riii-knn! ¡Güev´n! ¡O sea!”. Ese es el saludo, la conversación se desarrolla con los mismos términos pero en orden aleatorio y añadiendo unas seis o siete palabras más que dominan como sí, no, no sé, tengo hambre, mañana, él, ella y, te llamo. Por ejemplo: “Güón, tengo hambre, güón”, o “¡Ay! nnsé mrica, yo te llamo mrica”.

Pero ese ya es otro tema, estos pasan a la categoría de los lamentablemente modelados y es una enorme tarea que tenemos pendiente.

No sé qué es peor si la limitación a cinco palabras, tres verbos y mucha gestualidad para establecer una comunicación fluida con los congéneres, o el empeño en parecer leídos y acuñar términos como: beneficiencia, impertensión –que vaya usted a saber cómo se escribe- dificultuoso, abarcativa, presirio, alquilino, odjeto, tecto, colacso, sud empleo, expontáneo… en fin. Tampoco sé si debo sentir lástima o ternura hacia aquellos que, parados frente a un micrófono, se sienten poseídos por el espíritu de Cervantes en su décimo octava generación tropical y declaran cosas como:

–Se arriesgó a despensas de su seguridad.

–Yo ni independiente con eso.

–Me lo dieron de gratitud de regalo.

–Esas tuberías quedaron icsofactas, se las llevó la crecida del 99.

–Nadie puede andar acusando así, aprioríticamente.

–Los blanco tiradores estaban en aquel edificio.

–Capaz y chévere.

–Ella está enamorada tuyo.

–Que me digan si hay un familiar mío implícito en actos de corrupción.

–Ella es una respetada miembra de nuestro grupo.

–El carro tiene un desperdicio mecánico grave.

–No nos hicieron caso omiso.

 

No quisiera, honestamente, meterme con el ya tan vapuleado sector de los comunicadores sociales pero… es que si el tema va de modeladores me veo obligada a dedicarles unas cuántas líneas a algunos de estos profesionales que se empeñan más bien en tomar la vía opuesta. Llevo años recopilando barbaridades que dicen sin ningún empacho en radio, televisión y periódicos.

A ellos hago responsables de haber masificado el uso de cosas como: aperturar, abocarse, en base a, dijeron deque, y conjuntamente con. A ellos, importantes modeladores de nuestras conductas les he leído y oído cosas como:

– …y también están los animales mamíferos opíparos, o sea, que nacen de huevos.

–El incendio fue oportunamente propagado por los efectivos del cuerpo de bomberos.

–Entre los secuestrados había una dama en estado de ingravidez.

–Vamos a recapistular.

–Estamos esperando a las puertas del Metro a ver si alguien nos dice cuándo abrirán este importante medio de comunicación.

–A través de Facebook y Twitter los famosos están constantemente intercontinentados con sus fans.

 

Hay más, bastante más, les juro que mucho antes de que lo dijeran en Fiscalía, ya una reportera de El Universal nos había contado que los cadáveres muertos habían sido trasladados a la morgue de Bello Monte.

Los docentes merecemos un capítulo aparte. Sólo voy a exponer dos ejemplos que por gráficos, se bastan solitos para representar cuán desviados pueden estar del concepto modelaje. Hace unos meses escuché a una directora de una escuela del Estado Zulia decir que: “la influencia de alumnos en ese primer día de clases había sido muy poca”. Cuando mi hija estaba en primer grado que es cuando cualquier vaina (y no pienso pedir perdón esta vez, ya verán por qué) los moldea, la maestra le escribió en el diario esta cariñosa notita: “Victoria, te felisito, haz mejorado mucho, se ve que te esforzastes y estás dispuesta ha trabajar…”. Si ese va a ser el modelo, la verdad,  es preferible que los dejen rústicos.

Es muy grave y no creo que con estas reflexiones justamente YO les esté descubriendo a ustedes alguna verdad pero… el tema me angustia y debería ser parte importantísima del angustiario nacional porque esas son las criaturas que, mal modeladas, años después, ya en la universidad, si es que llegan, le dicen a uno: “O-se-aaa, profe, una preguntica ¿c-ro cnco?”.

Un inglés me dijo un día -y me lo dijo allá, en su tierra, donde yo no pude más que bajar la cabeza y callar- que la diferencia entre ellos y nosotros es que por lo general allá en el hemisferio norte la gente pierde el autobús, a nosotros por el contrario, el autobús nos deja. Y, es verdad, a nosotros los profesores nos raspan y nos cortan la luz. Si eso no es un modelaje chimbo, ya me dirán…

 

Y aquí retomo lo del culito de rana ¿No será que entre eso del autobús perverso que nos deja y aquello de “si no sana hoy sanará mañana y si no cuando le de la gana” pueda estar el germen del “como vaya viniendo vamos viendo”, que, junto a cierta pereza para pensar, es uno de los grandes motores de la venezolanidad?

 

Si de verdad el lenguaje modela ¿tenemos futuro los venezolanos habiendo crecido esculpidos por los diminutivos, las imprecisiones, las groserías y el libre albedrío verbal?

Dejo esta preocupación a los entendidos yo soy apenas una ciudadana ansiosa por llegar a mi casa a prepararle unas arepitas a mi hijita.

 

Buenas noches.

 

 

Maracay, 29 de octubre de 2010

Autor: Ana Black

Compartir

Enviar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *