La pagapeos

Y no, no es una vulgaridad, de todas maneras y por fortuna no estoy transmitiendo en horario restringido. Las Pagapeos –una figura tan histórica que la venimos arrastrando desde los tiempos de la Colonia– eran unas esclavitas que tenían las señoras mantuanas (como por ejemplo la abuelita de El Libertador) y quienes debían cumplir, entre otras, la función de acompañar a sus amas (como por ejemplo la madre de El Libertador), a todas partes. Cuando la dueña de la negrita (como por ejemplo alguna de las hermanas de El Libertador), andaba con complicaciones estomacales, de esas que generan una excesiva producción de gases en el tracto digestivo, y sentía una irrefrenable necesidad de expulsar ventosidades pues, la doña simplemente liberaba aquello que constituía la causa de sus malestares y, una vez consumado el pestífero hecho, le pegaba un abanicazo a la pobre negrita al susurro de: “¡Niña!” y se quedaba tan campante… la mantuana porque, lo más probable es que la negrita pasara el resto de la velada bastante desconcertada ante tamaña inculpación.

Ahora, este fenómeno histórico no se perdió con aquel liberador plumazo de Monagas ¡que no, que no!, lo seguimos arrastrando a pesar de todas las declaraciones de independencia; de la aparición de las setecientas veinte mil constituciones que ya llevamos; de la publicación de cartas de los derechos humanos (en cualquier idioma); ni siquiera la modernidad, la globalización ni los cambios de raza de Michael Jackson pudieron desterrar esta infesta práctica, porque el pagapeísmo  –y este descubrimiento es mi gran aporte, no sólo a la historia del país, sino a la ciencia universal – es una condición genética.

Me explico: yo, por ejemplo, soy la pagapeos oficial de la familia. Puedo estar a kilómetros de distancia pero si en la casa de mi mamá se cae una lámpara ¡júrenlo! alguien apuntará su dedo hacia mi; si a alguna de mis hermanas le da una gripecita, anótenlo: eso –y aunque yo soy una de las mujeres más sanas del mundo – por alguna vía terminará siendo mi culpa. Si las fiestas quedan mal, si a alguien le cortan la luz, si el almuerzo queda salado, siempre, de alguna u otra manera, habrá quien encuentre la forma de inculparme. Pero, todo eso dejó de preocuparme el día que me hice la siguiente reflexión: Si todos los venezolanos tenemos al menos una gota de sangre negra en nuestras venas entonces, definitivamente, la mía es la de una negrita pagapeos; no hay duda, soy, genéticamente hablando, una papapeos ¡y de las buenas!

Debo decirles que mis investigaciones histórico – científicas me han llevado a hacer descubrimientos que, en esta área al menos, podrían clasificarse como revolucionarios, siendo el más importante de todos ellos este: la oposición venezolana toda, todita, toda, es pagapeos. Grandioso ¿no? ¡Que toda una enorme masa humana lleve en su código genético a una negrita que no hacía más que sentarse a oír misa con su ama (como por ejemplo, la mamá de El Libertador)!

Los elogios los agradezco pero, sobran. Fue apenas un simple trabajo de atar cabos: de este lado tengo que el gen pagapeos es indestructible e indeformable y su aparición en cada generación de venezolanos es inevitable y, de este otro lado, tengo a toda una población culpable de la renuncia (por no llamarlo arrugue) del presidente aquel 11 de abril; de los muertos que generaron aquellos pocos hombres; de la mala gestión de un gobierno que lleva siete años en el Poder y todavía no arranca; responsable de las barbaridades que profiere un ministro mal informado; de los derrumbes en los cerros, de los choques en moto, de los desmanes de los (las) diputados (as) y hasta del mal tiempo, entonces, ¿qué otra cosa podía deducir más que todos aquellos que no militamos en las fuercitas del régimen somos descendientes de una esclavita pagapeos?

Genial ¿cierto?

Autor: Ana Black

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