El gallo Claudio*

Quienes lo conocemos desde hace mucho tiempo –y a pesar de todo lo queremos mucho- podemos dar fe de que así como es en público, así es en la vida privada: un hombre, además de confiable y gran bromista (valga la incongruencia), con maneras muy particulares de manifestar sus afectos (y esto me lo repito como un mantra, ya verán por qué). Una de ellas es nombrar a sus mascotas como sus amigos, así hemos conocido perros llamados Emilio, Laureano, Zapata, Virulo. Cuando estaba en esa etapa me advirtió que me preparara porque ya le habían ofrecido una pastora alemana. Por fortuna la perra nunca apareció. Después fui notificada de la inminente llegada de una gata a la que ya toda la familia llamaba con gran cariño, Anablack,  No sé si es que no se la regalaron o, astuta, logró escapar de tanto malandro canino, la cosa es que más nunca oí hablar de mi homónima felina.

La última adquisición para la casa fue un gallinero –ni muy vertical, ni muy horizontal, más bien cuadrado- para alojar al flamante gallo que, por supuesto, lleva su nombre y el de este artículo, qué curioso. La verdad es que no sé qué vino primero si el gallinero, el gallo o las dos gallinas pero sí doy fe de que cuando estas dos llegaron una de ellas fue bautizada –y este es el detalle que me tranquiliza- en honor a la esposa (a su esposa suya de él, el dueño del gallo, el gallinero y el cuento), o sea Jeanneth; a la otra le pusieron mi nombre y es entonces cuando repito el mantra.

Parece que mi tocaya tiene asombrados a todos allá pues resultó ser prolífica o, para decirlo en lenguaje técnico, gran ponedora. ¡Ha llegado a poner 3 huevos en un día!  Debe ser verdad, no creo que alguien se vaya a inventar algo así para halagarme. Lo único que tiene al gallo un poco descontento es que no termina de ponerse clueca…

El domingo estábamos disfrutando de un exquisito desayuno en casa de nuestro querido Alejandro Vivas, quien, por cierto, lucía un delantal temático adornado con un hermoso huevo y que usó para engatusarme y ponerme a picar todos los ingredientes del pisillo. Viendo el afán con el que yo trabajaba, Claudio llamó a su hijita y le preguntó: “¿Qué te parece si sacamos a tu mamá de la casa y nos llevamos a Ana Black?”

La espantada criaturita salió corriendo a contarle a su mamá –mi camarada gallina- las perversas intenciones del padre: “¡Mamá, Papá te quiere sacar de la casa para meter a una gallina!”

 

*De la serie: País monotemático. Hablemos de otra cosa.

Autor: Ana Black

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