El alienígena y la señora Zulueta

Sí, yo lloré desconsolada, estremecida, ridícula y como por tres días seguidos después de ver E.T. la primera vez

Lloré desde el mismísimo momento en el que se queda solo, íngrimo, abandonado en este planeta hostil y desconocido ¡pobre criatura!

hasta el momento cuando se despide de su incondicional y humano compañerito diciéndole: “Siempre estaré aquí”.

Lloré cuando Elliot lo asustó al encontrarlo; moquié cuando se lo presentó a los hermanos y la insensible Gertie -pichón de cuaima, como comprobaría serlo años después ya convertida en Drew Barrymore- lo único que atinó a decirle, con toda descortesía, fue que no le gustaban sus pies. Jipié cuando, phone home mediante, el sufrido extraterrestrito insistía en comunicarse con su mamá. Sufrí cuando apenas lograron escapar del maligno FBI volando en las bicicletas, pero me tranquilicé cuando los vi hacerlo con la luna atrás, sin duda alguna, era un buen augurio. Bueno, y también que era una película de Spielberg y esas siempre terminan bien manque se llore.

Y lloré, qué a cántaros ¡a bidones! cuando E.T. se moría y su noble par humano lloraba y lloraban los hermanos y la mamá y los villanos imperialistas del FBI y el acomodador del cine junto al cine entero.

¡Pero quién no se iba a conmover con aquellos ojos enormes, aguados que habiendo sido inspirados en los de un poeta no podían hacernos más que, una vez moribundos, arrastrarnos al llanto más impúdico. ¡Dígame cuando le titilaba el corazoncito! Si en el cine hubieran tenido un llantómetro me hubieran dado un reconocimiento especial por litros de lágrimas derramadas. Y por los suspiros y los ayayayes que exhalé mientras el pequeño visitante del más allá agonizaba, quién sabe, hasta merecía que me hubieran llevado a Hollywood a que Spielberg me conociera, así fueron de estremecidos.

Sí. Lloré durante casi toda la película porque, entre otras cosas, para aquella época la vida todavía no me había endurecido. Estaba recién casada (con un señor que lloró como un macho) y, aparte del trabajo y hacer el mercado cada mes y medio aproximadamente, no tenía mayores responsabilidades, es decir, no tenía hijos.

Pero la segunda vez la perspectiva cambió y entonces vi la película de ladito, agazapada, guilladita pues, como debe verse todo cuando hay niños involucrados. Es que ya era madre. Para entonces Drew Barrymore ya andaba por el mundo haciendo de las suyas como adolescente intempestuosa y yo había almacenado suficiente información como para saber que esa historia, así como me la estaban contando, era un fraude.

No comprendí cómo esa señora había permitido que la involucraran en tan turbulenta situación. ¡Estaba divorciada, tenía tres hijos, un perro enorme, trabajaba y, encima, acepta adoptar a un extraterrestre!

¡No-ooo, que va! Esa no me la trago yo ni que E.T. pusiera su traslúcido corazón a l a t i r como una luz estroboscópica.

Otra hubiera sido la historia si me hubiera tocado escribir ese guión. Empezando porque la coprotagonista de mi película hubiera sido la madre, no el carajito, y en menos de lo que tardó el cohete en aterrizar hubiera tomado el mando de la situación.

Ella, al conocer la docilidad y buenos modales del intergaláctico inquilino, lo hubiera secuestrado y mantenido en cautiverio bajo amenaza de impedirle ver a los suyos si no complacía sus exigencias.

Después de ver cómo el monstrito, tan delicado, era capaz de limpiarse un pedazo de patilla de la boca con la sutileza de una miss posando para la prensa, le hubiera ordenado, so pena de sabotearle la comunicación con su gente del más allá, que la asistiera en la educación de los hijos diciendo algo como: “O enseñas a estos gálfaros a avisarme cuando planean quedarse en casa de un amigo o no te doy más de esos caramelitos”.

Y allí habría estado E.T., incansable, pegado a los chamos:

“Victoria, fonnn-jommm…” .

“Federico, fonnn-jommm…

¡Fe-de-ri-co, fonnn-jommm… !

¡Que fonjom te dije ya, que tu mamá debe estar como loca preguntándose dónde puedes estar, si te habrá pasado algo en el camino con el malandraje que hay hoy en día, que cuánta desconsideración, carammmba, FONJOM!”.

¿Cómo esa mujer desaprovechó la oportunidad de tener un asistente doméstico socialmente bien modelado? ¿Cómo permitió que se escapara un aliado que, a pesar de no llegar al metro de estatura, lucía la cara de Einstein, la picardía de Hemingway y los ojos de Carl Sandburg, un poeta del siglo antepasado cuya única afinidad con E.T., aparte de la mirada, es que era antibelicista? ¿Cómo no pensó:

“Tiene miedo. Está completamente solo. Está a 3.000.000 de años luz de su casa” y se aprovechó de la situación? Mi protagonista no hubiera cedido nunca ¡jamás! a la manipulación de unos ojos enormes, cargados de ternura. ¡Es que ni siquiera era su hijo, era un extraterrestre!

La heroína de mi película, o sea la mamá, no se hubiera llamado Mary, que va. Se hubiera hecho llamar por el pequeño intruso algo así como Señora Zulueta. Un nombre sonoro, que infundiera respeto y difícil de pronunciar para él que apenas empezaba a chapucear la lengua terrícola. Jamás hubiera permitido ser tuteada por un desconocido porque ¿qué ganó la otra con tanta blandenguería?

¡A-já! que le volvieran la vida un serete.

Astuta, al ver que el enanito cabezón hasta podía volar, hubiera vendido el carro y con esos reales se hubiera ido a un spa por una semana.

¡No lo necesitaba más! Sólo tenía que montarse en la bicicleta, meter al engendrito en la cesta, ponerle una capucha y decirle:

“E.T. vamos al abasto que se terminó la harinapan”. “Iticito, vamos a llevar a los chamos al colegio y después me dejas en el trabajo, porfa”. Eso es pensar.

La señora Zulueta no hubiera permitido nunca que el FBI supiera que tenía un alienígena hospedado en casa, entre otras cosas porque mi historia se desarrollaría en Venezuela y la autoridad competente hubiera sido el Ciptj (o algo así) y jamás hubiera dado con su paradero. Ahora, si al nuevo miembro de la familia le hubiera dado por morirse, la Señora Zulueta, como primera medida, lo hubiera metido en una bañera con agua templada para bajarle la fiebre y después, para pasar el antipirético, le hubiera disparado una limonada frapé con granadina y par de galletas Oreo. Santo remedio.

¡Qué tanta cápsula de plástico!

Por último, a sus palabras “Siempre estaré aquí”, ella hubiera respondido: “¿Y a dónde pensabas ir tu, extraterrestre?”.

 

Publicado en El Mundo

Autor: Ana Black

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