La segunda parte (mas no necesariamente la última) de la verdadera historia de Tarzán

Cuando Tarzán (nombre que según investigaciones hechas por el Dr. Oscar Lucien, reconocido estudioso de la ley y otros asuntos de la selva, significa: Hombre blanco. Su palabra vaya alante) partió de la selva tras las huellas de Juana María, se fue con lo que tenía puesto, es decir, nada. Le dio unos cuantos cogotazos a Kala, su madre, en afectuosa señal de despedida y del resto de la monada se separó con un desgarrador aullido (que más tarde se convertiría en una especie de carta de presentación, sobre todo mientras ignoró que no debía andar por ahí pegándole esos gritos a la gente desprevenida): “AAAA-A-a-A-aaaa…” que, traducido del inglés aprendido de los misioneros al idioma primate significa: “We will come back”, y se perdió en la maleza guindando de un bejuco.

Fueron muchos los tumbos que dio el pobre muchacho durante el proceso. Gracias a una señora que vendía ropa en el mercado de Puerto Ordaz se salvó de ser linchado por las beatas de la ciudad; ella, María, le puso a manera de pañal su primera prenda de vestir: un pareo con moneditas y flecos en los bordes y estampado con piel de cunaguaro. El segundo inconveniente a superar fue la burla de los transeúntes al ver desfilar aquel desfachatado híbrido de Ghandi y Shakira.

“Mijo, tu naciste enmantillado”, le dijo una bruja en Caripe del Guácharo, ciudad que visitó a juro cuando desvió el camino hacia la capital, donde le habían dicho que estaba su Juana. A ese comentario nunca le hizo caso pero nosotros sí, sólo eso explica la suerte que tuvo siempre. Bueno, eso y que estaba lo que el vulgo llama buenote con su guayuquito.

Después de mucho viajar, de mucho perderse, de aprender las costumbres –malas y buenas- de los hombres y mujeres (respectivamente), Tarzán llegó a Caracas y de inmediato, por esas rarezas de la naturaleza humana, se sintió como en casa. Sobreviviente nato, no dejó pasar un minuto para comenzar a establecer una relación estable y productiva con este nuevo hábitat y sus moradores. Por ejemplo, le dijo a alguien que él había aprendido a leer en la Misión… y no lo dejaron terminar, de inmediato estaba dando clases a ancianos de cien y ciento veinte años que tenían la ilusión ¡y la energía! para aprender y vislumbró las maravillas del socialismo del siglo XXI. Pero también conoció a un par de muchachas que trabajaban en una publicidad y se quedaron enamoradas de sus entrenados músculos y del tintineante atuendo que aún conservaba. Ellas le enseñaron las delicias del capitalismo salvaje y cómo hacer carrera en el mundo de la comunicación. Parece que le gustó.

Allí le perdimos la pista. Supimos que unos cinco, seis años después, gracias a las habilidades para mimetizarse, aprendidas en la selva y perfeccionadas en la ciudad, estaba convertido en un exitoso publicista y trabajaba de asesor en la campaña presidencial de un candidato a quien le preparó una pieza publicitaria que, de ser usada podría llegar a ser, según sus propias palabras de conocedor de la materia: “Devastadora”.

–Candidato, suscriba esta declaración de amor globalizado, vístase de azul… como una rosa y ¡pídale, suplíquele, implórele a los venezolanos que por favorcito le den su voto. ¿Usted ha oído hablar del romerillo, Comandante? ¡Eso, no falla! ¡AAAA-A-a-A-aaaa…!

 

 

Publicado en Soberania.org

 

 

 

 

Autor: Ana Black

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