Oficios de varones

El affaire casete, aquel de los Beattles que me atormentó durante días como una especie de tortura pop, finalmente llegó a su fin gracias a las diligencias de un (diligente) varón. El hombre llegó, con toda la circunspección que asumen ellos cuando se les solicitan favores, se asomó por la ranurita del reproductor y —como si fuera un cirujano especializado en cirugía del cerebro— extendió la mano y con sequedad pidió: “destornillador”. Apenas curucuteó las intimidades del aparato; sin titubeos sacó una navaja, la cual usó como complemento de la otra herramienta y en cuestión de veinticinco nano segundos ¡pácata! el casete brincó y con él los trocitos de uñas, las tiritas de pellejo y los pedacitos de herramienta que yo había ido dejando allá adentro en mis sucesivos intentos por hacer lo mismo.

Tras el asombro vino la inspiración que luego le daría título a este texto. Y es que sí, hay oficios que son, definitivamente, de varones porque lo hacen bien y, sobre todo, sin titubeos.

Armar cosas, por ejemplo. En un hogar donde viva, pernocte o ronde un señor, lo más probable es que sea éste quien instale el equipo de sonido nuevo, monte la biblioteca y parapetee la casa de la Barbie. No se pueden contener, es de las pocas cosas que hacen por iniciativa propia y con cierta alegría… al menos los tres primeros minutos. Para ellos la combinación de alicate, destornillador y librito de instrucciones es irresistible (no así la llave inglesa, esa les resulta poco amigable y por esa razón es que en las páginas amarillas hay tanta oferta de plomeros y ninguna de especializados en casas de muñecas).

Oficio de varones, también, es cambiar bombillos. No es que nosotras no lo sepamos hacer, vamos, que sí podemos y lo hacemos pero —y sobre todo cuando son del techo— nos ponemos como temerosas, como temblecas, damos lástima mientras trepamos sobre esa escalerita o nos encaramamos sobre la silla a la que pusimos una caja encima para alcanzar las alturas y hasta llegamos  a pegar unos grititos la mar de ridículos cuando preguntamos a quien nos asista en la tarea si está segura de que la luz está apagada, no nos vayamos a electrocutar.

Clavar es otra actividad en la que su motricidad gruesa encuentra terreno propicio para la exhibición de destrezas. Otra vez, como con los bombillos, no es que no podamos, es que a ellos les quedan derechitos y bien empotrados en tan solo un par de martillazos. En mi caso, reconozco que debo lucir mortal clavando de a poquito y con los ojos entrecerrados, como esperando el inevitable machucón.

Revisar el flotante del tanque; cambiar cerraduras; arreglar patas de muebles; nivelar mesas; revisar si hay ladrones rondando son todos oficios de varones. Ahora, cambiar cauchos es, sin posibilidad alguna de discusión, tarea de hombres. Si hay alguna faena en la vida que hace evidentes las diferencias básicas entre ambos géneros, es esta. No fuimos dotadas ni de la fuerza, ni de la paciencia, ni de la capacidad de resistir tales cantidades de sudor y mugre sin sufrir una apoplejía. Esto nos lleva a aceptar que todo aquello que tenga que ver con automóviles es tarea masculina, entre otras razones porque, en ese terreno ellos no hacen concesiones; para ellos no ha nacido hembra capaz de, siquiera, sugerir la causa del mal que padece el carro, mucho menos aportar la solución. Pueden aceptar que manipulemos con cierta destreza bombillos, empacaduras del lavamanos y hasta muebles que vienen en caja pero ¿un carro? ¡eso jamás! Afortunadamente.

 

Autor: Ana Black

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