Madre única

No, no es un homenaje a las madres abnegadas en su día; esas son –definidas por una  especie de redundancia dado que toda mujer que cría hijo es excepciomal– “madres únicas” y, ya es sabido por todos, me niego a celebrar el Día de la Madre porque quiero, exigo, reclamo el día libre para mí y para todas las del gremio. Este de hoy será un alarido en solicitud de justicia dirigido al público en general pero, con especial énfasis, a los especialistas en el tema de las relaciones materno-paterno-infantiles.

Resulta que se han hecho estudios, dictado conferencias, redactado manuales, producido incontables programas de radio y televisión y escrito tesis sobre el tema de los hijos únicos. Todos, alguna vez, nos hemos enterado que esos muchachitos exigen –vaya si no– un trato especial pero nadie nunca, jamás, al menos que yo sepa, ha escrito manque sea un folletico dedicado a nosotros, los padres de esas criaturitas que tivieron la desventura de nacer sin hermanos.

¿Es que acaso los estudiosos de la conducta humana se han paseado por la idea de lo difícil que es ser, por ejemplo, madre y hermana a la vez? Seguro que no han pensado en las huellas sicológicas que deja en la madre de una criatura de tres años y medio, no sólo tener que escucharla decir mientras bate la melena en despectivo mensaje corporal: “Ahora no soy más tu amiga”, sino tener que explicarle que está bien porque la vida las puso juntas para que fueran madre e hija, no más. Lo más probable es que jamás hayan tenido que vivir la agobiante duda que genera, al jugar, por ejemplo a la tiendita, si se debe permitir que la niña se arruine en la primera venta (como haría cualquier hermano que ejerza su oficio con seriedad) o explicarle de manera didáctica y paciente (y con esto quitarle todo encanto al momento del juego), los beneficios del 20% de ganancia sobre el precio original. Con seguridad jamás han tenido que pelearse por la Barbie que no está espelucada, por el último Pin-pon de la bolsita, por el color carne de la caja de creyones ni han tenido que compartir la ropa y los accesorios. Por fortuna, cuando son adolescentes, los zapatos de los padres dan asco. Me atrevería a jurar que nunca han tenido que interrumpir sus momentos de solaz, como la lectura de un buen libro, para complacer a la aburridísima criaturita y ponerse a jugar a la peluquería fasion. Es por eso que los padres únicos generalmente van por la vida cargados de muchachitos ajenos buscando compensar lo que natura no fue capaz de proveer: pequeños momentos de remanso adulto.

Los varones también lo sufren, no vayan a creer; el papá de mi hija tuvo que convertirse en un experto jugando con Barbie cuando ella me declaró, tras un tajante e inapelable dictamen, incompetente para tales menesteres. Era entre patético y conmovedor verlo allí, sentadito, obedeciendo las implacables órdenes y acatando las percisas instrucciones de aquel pedacito de gente. Mi primo Luis Ricardo, quien decidió volver a ser padre a los cuarenta y dos años, andaba en estos días con lumbago gracias a una seria competencia de vueltas de carnero con el muchachito de cuatro. Casi una madre.

Así pues, y en beneficio del bienestar mental de tanto padre de un solo hijo que ronda por el mundo, solicito con humildad más no sin cierta desesperación, que comiencen a organizar talleres para nosotros, los monopadres, los que, en fin, sufrimos tanto porque no terminamos de ejercer el rol de hermanos nunca jamás.

 

 

El Nacional

Autor: Ana Black

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