Y hablando de abuelas

En mi familia eso de ejercer el rol de abuelos con propiedad es asunto, más que de honra, de obligación genética; fíjense si no en mi mamá. Ella es capaz de implorar piedad para sus nietos hasta por las faltas más atroces y es igualmente capaz de complacerlos en todo lo que esté a su alcance. Cuando apenas habían inaugurado el Metro, mi sobrino tenía tres años y una pasión irrefrenable por todo aquello que se desplazara haciendo ruidos; así pues y para hacerlo feliz, la insigne abuela salía cada tarde, compraba su ticketcito e invertía un par de horas en hacer el recorrido completo, ida y vuelta, una y  otra vez hasta el vértigo.

Mi hija sabe con quién trata así es que, aún teniendo prohibición explícita de molestar a sus abuelos con tareas agobiantes, un caluroso mediodía llamó a mi mamá para tantearle el espíritu y ver si lograba que la fuera a buscar a casa de una amiga que vive a escasas diez cuadras de la nuestra.

Tras el “¡pero claro, mi amor!” obligatorio, acordaron encontrarse frente al edificio indicado. Allí estaba la muchachita, como un clavelito, cuando la solidaria amiga que la acompañaba exclamó: “¡Ahí va!”, entonces  –haciendo todo tipo de maromas_ emprendieron loca carrera al grito de “¡Mama, Maaamaaa!”. Un fiscal que presenciaba la escena decidió colaborar y, silbato en boca, se empató en la persecución. La octogenaria (diría un buen reportero), que para los momentos no se había dado cuenta de que llevaba un par de rollos para el pelo sobre cada oreja, pensó que la autoridad lo que pretendía era detenerla así es que, sin más, ¡decidió darse a la fuga! Las niñas, al verla desaparecer en una esquina, concluyeron que daría la vuelta a la manzana, así es que hasta allá se fueron a montar guardia, cada una apostada estratégicamente en una esquina. No fue errado su razonamiento, minutos después vieron aparecer el carrito que, de nuevo y para su espanto, les pasó de largo rumbo a la avenida. (Aquí la escena anterior se repite con los mismos gritos e iguales aleteos pero con los siguientes añadidos: el fiscal de la otra esquina, el perrocalentero y un grupete de curiosos que ya estaba al tanto de los acontecimientos; juntos decidieron ayudar braceando al grito de “¡Abuela, abueeeliiitaaa!”). Ante el nuevo fracaso hubo cónclave. No puedo dejar de imaginarlos como los jugadores de rugby, haciendo círculo con los brazos sobre los hombros del vecino, mientras planificaban el próximo ataque a la escurridiza Dorothy Glamour de la tercera edad. Una vez cubiertas las  nuevas posiciones por los que ya estaban y los que se fueron agregando, no quedaba más que esperar pero, otro escenario nunca contemplado, los puso de nuevo en carreras: justo por la única esquina que habían dejado desguarnecida, vieron pasar la sombra fugaz del carrito de quien ya se había constituido ofocialmente en La Abuela de todo el vecindario (Bis del párrafo de los gritos y aleteos pero con más gente).

Miradas en todas las direcciones, confirmaciones de datos como modelo y color del vehículo y un nervioso reajuste de posiciones entretenía al equipo mientras se preguntaban qué estaría sucediendo allende esas cuatro esquinas. De pronto se oyó un alarido triunfal “!Aquí está, aquí tengo a La Abuela!” Era el empleado de la panadería que la había detectado estacionada frente al negocio mientras, coquetona como siempre, se quitaba los rollitos y se retocaba el peinado.

Una vez rodeada y sometida confesó que no, que ella no había notado la rebujina que, a menera de Comedy Capers de la nueva era, había ocasionado con su ir y venir por las esquinas de la zona. Ella, abuela al fin, sólo estaba pendiente de encontrar a su muchachita para llevársela a almorzar a la seguridad de su hogar.

 

El Nacional

 

 

 

 

Autor: Ana Black

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