Referéndum consultivo

En el Día de la Madre

 

Yo diría, sin temor a exagerar, que mi familia materna es grande. Las habrá más numerosas, no lo dudo, como la de mi tía Belencita, que confesaba haber tenido 15 hijos vivos y quien, la última vez que le pregunté cuántos nietos contaba, me respondió: “creo que 60”. Pero igual, cuando mis abuelos vivían sumábamos un total de 36 almas. Ellos vivían en un apartamento de tres habitaciones y dos baños y allí, en esos escasos cien metros cuadrados, nos reuníamos todos a celebrar cualquier cosa, hasta el Día de la Madre.

Cada grupúsculo familiar llegaba precedido por una mujer llena de guirindajos realizados en plastilina, papel maché o bizcocho de arcilla. En su cartera llevaba tantas tarjetas como hijos tuviere, cada una llena, entre arabescos y flores, de promesas de amor eterno y futura buena conducta. La escoltaba un racimo de bullangueros muchachitos que se peleaban por ser los primeros en abrazar a la abuelita y entregarle los regalos. Hecho el loco, el papá cerraba la comparsa.

Supongo que debe ser lindo recibir ofrendas de tanta gente que lo quiere a uno. Cuando mi abuela murió sacamos de los armarios decenas de bolígrafos, unos ocho teléfonos, cientos de portarretratos, docenas de dormilonas, cualquier cantidad de libretitas de teléfono, varios juegos de tacitas para el café, todo en sus cajitas y sin estrenar.

De las 36 personas que asistíamos a rendirle homenaje a la… Reina Madre, 20 éramos menores de edad y como tales, nuestra actividad favorita, especialmente cuando estábamos hacinados, era pelear. Peleábamos por agarrarle la mano a la abuela; por usar el vaso de flores rosadas; por estar junto, a los pies, detrás o, simplemente cerca de la abuelita; por un espacio debajo de la cama de la abuelita a la hora de jugar al escondite; por un codazo dado con saña en pleno juego de la ere y, al momento de comer, peleábamos hasta por un espacio en el bidet que nos permitiera ingerir ese tardío almuerzo con cierta dignidad. Éramos niños, ya lo dije. A esa edad conceptos como dignidad, amor o discreción son bastante primitivos.

Mientras, al grito de “¡Niii-ñooo, cuidado con… (el florero, tu prima, el balcón, la abuelita, en fin)!” las madres intentaban mantener coherentes sus espasmódicas conversaciones. Entre tanto, ellos, los padres, seguían haciéndose los locos.

Nunca comprendí por qué siempre comíamos chupe. Por un tiempo, siendo ya adulta, pensé que era por motivos prácticos pero, cuando empecé a lidiar yo misma con muchachos que insisten en correr aún cuando lleven en sus manos un plato lleno de sopa, me asaltaron las dudas otra vez. Si a ver vamos, más seguros son los sánduches.

También ahora, después de vieja, pienso mucho en mi pobre abuelita; en las condiciones físicas y mentales, pésimas, seguramente, que aguantaría cuando teníamos a bien despedirnos. El mismo pensamiento se lo dedico a mi mamá y sus hermanas. Esos almuerzos los preparaban ellas, los llevaban, calentaban, servían, obligaban a comer, recogían y fregaban ellas porque ellos, no debemos olvidar, seguían haciéndose los locos.

En estos días la situación no ha cambiado mucho. Quizás haya algunas familias más cortas y otras más prácticas que prefieran encargar la comida o llevar a la homenajeada a hacer una hora de cola en un restauran. Tal vez ahora haya hombres que, por aquello de la evolución de las especies, hayan comenzado a perder la capacidad de hacerse los locos y a desarrollar la facultad de organizar un buen almuerzo familiar sin asistencia femenina. Es probable que los regalos sean un poco más razonados y que los niños corran menos porque están pegados a la tele. Lo que sí es cierto es que todavía tenemos que –además de seguir participando del trillado chiste de “(cualquier cosa) para mamá” y sonreír (más por compasión que por adhesión)– ese día, salga sapo, salga rana, tenemos que seguir ejerciendo y, como dije alguna vez, hasta donde sé, cuando llega la fecha de homenajearlas, a las secretarias les dan el día libre.

La pregunta referendaria es: Mujer. Madre. Mamá. Di, con el corazón en la mano y sinnn que te quede nada por dentro, qué prefieres:

A: La tradicional celebración de ese al que han dado por llamar “tu día”.

B: Que no te regalen nada pero a cambio te den el día libre; que salgan todos y te dejen en casa, solita, dueña y señora de tus pantuflas, de tu libro, de tu control de la tele, de tu tiempo, de tus pensamientos y de tus chucherías.

 

 

Autor: Ana Black

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