De Barbie a Bob Marley sin aparentes efectos colaterales

Cuando una niña descubre que existe la Barbie el mundo se le trastoca y comienza a vivir en rosado, a soñar en lentejuelas y a pensar en plástico. Cuando vemos que el pequeño y estilizado maniquí se convierte en una prolongación de sus manos y sus vidas, las madres llegamos a preguntarnos, aterradas, si estarán dando sus primeros pasos hacia el Miss Venezuela; si alguna vez saldrán de ese limbo escarchado; si se irán a quedar hablando en agudo frívolo sostenido toda la vida.

La Barbie es un fenómeno que sin trabajar ni haberse casado nunca tiene casa, piscina, lancha, gimnasio, hijos, novio, carro, armario y un sin fin de barbaridades más, entre las que se cuentan todas las profesiones del mundo, de las que se disfraza, más nunca ejerce. Los hijitos de Barbie vienen tan bien equipados como cualquier humanito promedio. La casa de Barbie tiene todos los muebles y peroles que cualquier humano necesita para sobrevivir si es que devenga el sueldo de presidente de una empresa transnacional.

Jugar con la Barbie no es cualquier cosa. Exige una manera de hablar, moverse y actuar muy particular, tanto, que los primeros conflictos con mi hija surgieron cuando quise sentarme con ella a compartir esta actividad casi exclusiva de su vida. Parece que no lo hacía bien y finalmente fui excluida de ese mundo y sustituida por su padre, con quien pasaba horas cambiando de oficio y de ambiente. Al final se iban, dejando tras de sí un reguero de tenedorcitos, cucharitas, almohaditas, bronceadorcitos, zapatitos, bikinitos, radiecitos, estetoscopitos, noviecitos y cuanta vainita compone el exquisito equipo de la odiosa muñeca. Sé que para los varones existe lo mismo pero en versión bélica, es decir, dejan un reguero de ametralladorcitas, riflecitos, cuchillitos, tanquecitos y muertitos.

Les suplico me disculpen, pero sigo en esto de tratar de comprender la adolescencia. Ahora ando en una de remitirme al pasado inmediato para ver si, como dicen los entendidos, su desarrollo realmente tiene alguna influencia en la posterior conducta del individuo o la individua pero, aunque insista en el análisis, los resultados no me cuadran.

Para realizar este estudio, tomé las habitaciones de las criaturas que conozco y que están cumpliendo, mal que bien, su tránsito por esta enigmática etapa de la vida. He visto — después de haber sorteado estalactitas y estalagmitas de ropa, cuadernos, fotos, paquetes de chucherías consumidas, guitarra, discos y etc.— a Bob Marley, al Che Guevara y a George Cluny sonriéndose unos a otros; he presenciado la convivencia de Alanis Morriset, las chicas de Bay Watch y la Madre Teresa de Calcuta en una misma pared; he leído desgarradores ensayos  sobre la eternidad y en la página siguiente la más procaz oda al moco; los he oído calificar de “completamente X” a García Lorca mientras repiten un coro que dice que ella lo menea como haciendo mayonesa.

Entonces me pregunto: ¿Dónde quedó la huella de la Barbie? ¿Acaso esa etapa rosa, doméstica y romántica de los cinco años no dejó memoria? Comprendo que a los varones se les haya distorsionado algo la mente, poco se puede esperar de G. I. Joe y sus aventuras bélicas, ¡pero de Barbie!

 

Publicado en El Mundo

 

Autor: Ana Black

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