A-aarena blancamarazul, tu tu…

Una vez que Euclides logró convencer a Migdalia de correr juntos la fastuosa aventura de pasar unas fiestas de carnaval completamente diferentes, procedió a gastarse el aumento salarial de ambos (y que ella tenía destinado para ir, por fin, después de casi tres años a la carnicería), en la adquisición de una carpa con doble techo y capacidad para seis personas, dos eslípin matrimoniales, una lámpara de gas rrrechíiisima y un chinchorro plástico — como de bolsa de mercado libre— según la descripción  que Migdalia le hiciera a su mamá cuando le fue a contar si no sería que su Eucli se le estaba deschavetando precozmente, a lo que la señora respondió, en ese tono conciliador que siempre adoptan las madres cuando las hijas vamos a contarles de nuestros penares conyugales (para nada, porque una vez consumado el divorcio, van y dicen que “la verdad es que a nosotros ese muchacho nunca nos pareció bueno para ti”): Tranquilízate hijita. Eso no es más que lo que ahora llaman “la crisis de los cuarenta”. Hay hombres a quienes les da por ponerse a hacer sinvergüenzuras con otras mujeres y a otros, como tu marido, por llevarse a toda la familia de campins. Te puedes ir dando con una piedra en los dientes y comprándote tu pocetica portátil, que esto va para largo.

Así pues, armada de valor, repelente contra insectos, abrelatas, sábanas, las almohadas de los muchachos, papel tualé (por tongales), aspirinas, sartenes de teflón super antiadherentes, cubiertos, medias tobilleras, antialérgicos, comida hecha, alcohol isopropílico, curitas y todo aquello que Euclides insistía en catalogar de superfluo para la vida al aire libre, Migdalia siguió el consejo de su mamá y a su marido en aquella aventura que apenas comenzaba.

Siguiendo las específicas instrucciones de unos vecinos “pepa asomada” pero llenos de experiencia en esos menesteres de sobrevivir en la naturaleza, amarraron sobre el techo del Chevetico todo lo que no cabía en la maleta. Se encomendaron a Dios (previo cogotazo a los muchachos que se negaban) y dieron inicio a lo que Euclides bautizó como “las vacaciones del siglo”.

En la autopista, a la altura de La Carlota, encontraron una cola que, contrario a todas las especulaciones, no se disolvió ni en el peaje, ni en la primera gasolinería, ni en ninguna parte, y ninguna parte incluyó la orilla de la mismísima playa.

Metro a metro rodaban ilusionados y cantaban. Rodaron cien metros cantando “Pajarillo, pajarillo”. Doscientos treinta metros rindieron cómodamente para un afinado “Por qué se fue y por qué murió”. Trescientos ochenta les llevó entonar “La pulga y el piojo” porque no se sabían bien la letra”. Cuando iban por La Encrucijada, muertos de hambre y soñando con unos sanduchitos de pernil, hubo que ponerle carácter a Migdalita pues llevaba dos kilómetros y medio cantando a todo gañote y vuelta y vuelta “…booombaaa. Nnn movimiento se-xy”. Justo antes de la salida de Palo Negro el carro se recalentó y a Euclides le tomó su buen rato convencer a su mujer de que en esos momentos eran mucho más útiles sus botellas de agua mineral en el radiador que en el bolso donde las llevaba encaletadas. Al Junior lo amenazaron con dejarlo en el próximo puesto de la Guardia Nacional si volvía a preguntar “¿cuánto falta?”.

Diez horas y alguito les tomó hacer un viaje pautado en escasas cuatro. Aquello que parecía un muestrario de carpas, una exhibición de carros usados, una entrega de la beca alimentaria, no era más que el tan idealizado destino final: la playa. Migdalia, al ver aquello, tuvo una de sus terribles premoniciones (infortunadamente siempre acertadas), pero recordó las palabras de su sabia madre y se tomó a escondidas un calmante para los nervios antes de proceder a bajar todo el equipaje apilarlo dentro de la carpa de manera que quedara espacio para ellos y así organizar lo que por cuatro días sería su hogar, dulce hogar…

Era ya de madrugada cuando lograron ponerse horizontales dentro de un dosel que se les derretía encima porque nadie supo cómo armarlo; sobre un eslípin que a duras penas suavizaba los promontorios del suelo y apestosos a un repelente en que se habían bañado en vano intento por librarse de los implacables jejenes.

El día amaneció demasiado temprano para sus cansancios gracias a la estrepitosa changa que salía del super equipo de sonido portátil del vecino y harto desilusionante cuando se percataron de que no había río donde buscar agua fresca para colar el café, ni reservorio de leña para el fogón, ni mogotico íntimo que ocultara aquellas ineludibles funciones matutinas. A partir de ese momento, todo fue caerse a codazos entre ellos mismos y con todo el que circulara por aquel atiborrado pasillo de arena que los separaba del mar.

Aprendieron pronto a caminar hasta el agua sorteando cuerpos, niños perdidos y pelotas de playa; a ingerir alimentos aderezados con una especie de vinagreta compuesta de arena y protector solar; a comer frío (porque a Eucli se le había pasado por alto la necesidad de comprar una hornilla) y beber caliente (porque Eucli no calculó jamás la escasez de hielo); a hacer pipí sin que nadie los viera y a no encontrar nada en ningún momento puesto que, aún cuando la carpa parecía enorme al momento de ser comprada, resultó mínima a la hora de cobijar a cuatro personas junto al macundalero inútil de Migdalia.

Nadie, ni la intuitiva madre de Migdalia, comprendió jamás las ojeras, la tristeza, ni el mutismo hermético que trajeron de vuelta como único suvenir de esas, sus tan ansiadas vacaciones.

anablack@cantv.net

Autor: Ana Black

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