Es que mi mamá trabaja

 Ese comentario, casi como excusa, lo podía usar un muchacho de los de antes (o sea, nosotros) cuando la mayoría de las madres se dedicaban a traer sus muchachos al mundo y criarlos con bien y no tenían que andar como unas locas por la vida pegando carreras para intentar llegar más o menos a tiempo a cualquier lugar. Entonces ellas preparaban el desayuno en casa, no en la vía y los niños se lo comían en casa, jamás en el camino. Las madres de antes estaban realmente allí para sus hijos, estaban allí todo el tiempo, ante cualquier circunstancia y por indeterminada cantidad de años, hasta que llegara quien, en amorosa obcecación, se los arrebatara de su lado. Venían entonces todas esas artimañas que tan bien conocemos para ¡válgame Dios! traerlos de vuelta a casa.

Las madres de antes no tenían que preparar loncheras, por ejemplo (y sólo quien haya tenido que practicar esta actividad sabe a qué clase de infierno cotidiano me refiero). Una cosa es preparar una de esas cajitas alimentarias hoy porque mañana hay un paseo al Parque del Este, como era antes y otra rematadamente diferente es tener que planificar, solventar la recurrente escasez de la nevera y preparar una (o varias ¡válgame Dios!) loncheras todas y cada una de las madrugadas hábiles de cada semana del año escolar y del vacacional también porque, no olvidemos, luego vienen los planes de la temporada de holganza. ¡Eso si es una faena! mi amigo. Que si el equilibrio con los carbohidratos, que si la dieta balanceada, que el cálculo proteínico, vitamínico y mineral de cada porción alimenticia, que si a Luis Francisco le mandan panquecas con queso blanco y mermelada de membrillo, o a Jeannette Teresa le preparan sus juguitos naturales y un revoltillito con jamón. Y una con aquel dilema ¿qué hago, Señor? Empiezo a cambiar mis conceptos nutritivos o le doy un solo coquito y que se lleve su conflei..

No tenían aquellas mujeres que salir a las seis y cuarto de la noche arreando muchachos medio despiertos o, para expresarlo con científica precisión, casi completamente dormidos para depositarlos a la puerta de cualquier unidad educativa mientras se le termina de poner los zapatos. Tampoco estaban obligadas a enderezarse las medias de nylon entre semáforo y semáforo. No tenían que llevar agendas paralelas (una doméstica y otra profesional), ni que hacer el mercado los sábados o durante la semana pero a cuenta gotas, ni ocultar, con un prendedor improvisado, una mancha de diablitos en la solapa del “traje sastre” justo antes de la reunión más importante del año.

Todas estas reflexiones surgen de un encuentro que tuve hoy, a eso de las siete de la noche, con una pobre mujer que casi choca porque llevaba en su carro media docena de muchachitos en edad de desmerecer y que batallaban armados con instrumentos musicales unos y pertrechos deportivos otros. Justo en el cruce —yo lo vi— le despachurraron la nariz entre un bate de béisbol y un cuatro coriano. ¿Que cómo lo lograron? pues no lo sé. Fue en eso que mi abuela llamaba “un tris” que la pobre mujer quedó presa de las herramientas del futuro de sus hijos y perdió, junto al perfil, la compostura. Simplemente me vio, no como quien padece un terrible dolor físico si no más bien como quien busca alguna comprensión, quizás apoyo. Luego, simplemente y con un estilo admirable, agarró el bate, el cuatrico y los lanzó por la ventana. Lo último que alcancé oír fue: ¡Y no me miren así! Yo se los advertí que si seguían con el jueguito….

Por eso antes no había siquiatras.

 

El Nacional

Autor: Ana Black

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