¡Mami! Yo te juro que lo cuido

-Tengan otro hijo- nos recomendó de manera tajante el pediatra cuando le consultamos sobre la conveniencia de adquirir para la niña un fiel perro en lugar del alergénico gato. Sabio hubiera sido hacerle caso. Un bebé crece, aprende a hablar, a decirnos cosas bonitas, a manipularnos, a hacer mandados, en fin, mal que bien, se transforma, muy poquito a poco, es verdad, en un ser con una utilidad más allá de la decorativa y que a la larga nos obsequia ciertas recompensas. Una criatura humana tiene además, y gracias a la ciencia moderna, mínimas posibilidades de desaparecer en el intento de alcanzar la madurez, cosa que es de agradecer dado el cariño que termina uno profesándole a esas criaturitas del Señor.

Sabio hubiera sido atender el consejo. De todas las mascotas que llegaron a esta casa sólo dos vivieron con cierta felicidad y alcanzaron –y disfrutaron- la edad de la reproducción. Uno fue Rodolfo, un pollo que prosperó hasta el punto en que, pareciéndonos un poco fuera de lugar convivir con un gallo adolescente en un apartamento de noventa metros cuadrados, lo regalamos a unos amigos que tenían gallinero; la otra afortunada fue Patricia una coneja que llegó a medir casi medio metro de largo y a no caber en la jaula donde vivía, ella terminó pariéndole multitud de hijos a los conejos de Pakea, allá en los frescores de Galipán.

Con nosotros vivieron (y murieron) Oly y Federico, un par de tortugas menudas y acróbatas que pernoctaban dentro de su recipiente plástico sobre una repisa que estaba floja. Su fin llegó cuando la dueña y sus amigos descubrieron que si presionaban uno de los extremos los bichos salían volando con todo y palmera, hacían piruetas en el aire y caían, más allá o más acá, según la presión ejercida sobre la tabla. Huelga decir que aprendieron a contener las carcajadas para poder realizar el juego sin ser descubiertos. También está de más narrar la forma en que perecieron estas mascotas.

Felipe y Nancy fueron dos pececitos dorados que llegaron un jueves ya de noche. Fueron ubicados en la sala de la casa donde que yo los pudiera ver y sobre todo proteger de las prodigiosas ideas de la muchachada. Para la mañana del lunes siguiente flotaban, panza arriba, muertos por tanto comer. Y es que nunca son suficientes todas las previsiones, siempre queda un detalle en manos de la fortuna –la mala fortuna– que termina conjurando el final desdichado. Yo había dejado junto a la pecera, el envase con la comida para los peces y así resultó que todo el que pasaba por el lugar tenía la gentileza de alimentar a los animalitos. La abuela paterna, en gesto de condolencia, le trajo a su entristecida nieta otra parejita de peces exactamente igual a los anteriores. Estos, Rodrigo y Gaby, duraron vivos apenas un día más que Felipe y Nancy, siendo la causa de sus muertes: el hambre.

Juan Andrés fue un pollo que sobrevivió la pena de ver a su hermano gemelo morir despachurrado a consecuencia de una caída desde la ventana de la cocina hasta diez pisos más abajo. Pero, escrito en las breves páginas de su vida, quedó sentado que su propia muerte no sería menos dramática al desprendérsele una pata después de haber sido arrollado por un ladrillo. Patético episodio ese, que incluyó visita de emergencia al veterinario quien, con una solapada sonrisa, señaló a la víctima y diagnósticó: “Señora, no hay nada que podamos hacer”. Y aunque mis ojos intentaban comunicarle, desesperados, que sí, que él podía torcerle el diminuto pescuezo cuando mi afligida hijita y yo hubiéramos abandonado el recinto, él, insensible, me devolvió la bolsita fucsia que fungía de ambulancia con el moribundo pollo adentro y nos dejó ir.  Como yo no me atrevía a torcerle el pescuezo, como hacen los desposeídos de corazón, me armé de valor y seguí el consejo telefónico de una amiga bastante avezada en estas lides: le acorté el camino del sufrimiento con una sobre dosis de valeriana. Yo lloré por tres días y dejé de dormir otras tantas noches. Mi hija, apenas se le habían secado las primeras (y únicas) lágrimas que derramó por el animalito, llamó a su abuela para contarle el suceso. La segunda llamada que recibió la señora esa mañana fue mía y sólo atiné a decirle, envalentonada por los recientes acontecimientos: “Si le regalas otro pollo a tu nieta te juro que enveneno a tu hijo esta misma noche”.

Una Navidad salimos a almorzar con mi hermano, tío insigne que complacía a su única sobrina en casi todos sus caprichos. Animados por unas cuantas copas de vino salimos del restaurante casi cantando aguinaldos. La niña iba sobre los hombros de su amadísimo padre y desde esas alturas logró divisar a un hombre que vendía cachorros de perro. No le alcanzaba el resuello a la muchachita para advertirnos de su descubrimiento. Finalmente logró llamar la atención del animado tío quien decidió que su obsequio navideño sería, nada más y nada menos que un cocker spaniel de escasas seis semanas de edad. De nada sirvieron mis súplicas, mis reclamos o coacciones. El tío compró un lazo en la tienda de más allá, se lo encasquetó al perro en simbólico gesto que a su vez me encasquetaba a mí la responsabilidad de criar un bicho más. Fue bautizado por mi sobrino (que la creatividad a la hora de poner nombres es asunto genético en esta familia): Mac Black. Así mataron varios pájaros de un nombre; le rendían honores a nuestros ancestros celtas y, haciendo que el can llevara el apellido común, lo convertían, de una, en patrimonio familiar quedando, claro está, bajo mi custodia.

Mac Black entró a nuestras vidas cargando varios problemas, a saber: era loco, bruto y padecía de una dermatitis aguda que nos impedía bañarlo o administrarle cualquier producto para eliminar las pulgas de las que llegó cundido y que aprovecharon para crecer, multiplicarse y hacer turismo de aventura por toda nuestra casa. Un domingo en la noche, cuando llegamos de pasar unos días en la playa, comenzamos a sentir que literalmente nos mataban a pinchazos. Al vernos las piernas cubiertas de pulgas hambrientas sólo conseguimos preparar una maleta con una muda de ropa y así, con el perro bajo el brazo, salir corriendo a pedirle asilo a mi mamá. El fumigador quedó espantado ante tal invasión y, además de cobrarnos una fortuna, nos recomendó permanecer fuera de casa unos cuantos días mientras surtía efecto el veneno. Esto ocasionó que las mismas pulgas se reprodujeran con el mismo frenesí en la casa que nos hospedaba. Hubo que llamar de nuevo al mata bichos, pagarle otra fortuna y esconder de mi vista el frasquito de valeriana.

Las hazañas de Mac Black perdurarán en la memoria familiar por muchas generaciones. Mac Black masticó las manos de todas las muñecas de mi hija y las tapas de los envases plásticos de la cocina; destrozó las patas de las sillas del comedor a las que tuve que poner ají picante para evitar que las siguiera  royendo como si fueran mazorcas de maíz; se comió todas mis matas de Navidad haciéndome feliz por un momento, pues al verlo con la boca roja y brincando como un poseso, pensé que tenía una hemorragia interna y que estaba en sus últimos estertores. Mac Black destrozó casi todos los zapatos que teníamos, que no eran muchos. Tuvimos que ponerle candado a los closets; inutilizó cinco correas de paseo; jugó a la presa y el ratón con unas ilustraciones en las que había estado trabajando por cinco días. Mac Black no tuvo nunca noción de lo que significaba “¡Nooo, coño, nooo!”, mucho menos “pipí aquí, Mac Black, pipí aquí”.

Un día me encontré a una anciana vecina destrozada por la muerte del adorado perrito que la había acompañado en su soledad por muchos años. —No tiene nombre— le dije cuando le llevé al demonio celta con todas sus pertenencias. Espero que la haga tan feliz como lo hizo el finado. Cuando la familia llegó a casa y preguntó por Mac les respondí que estaba haciendo una obra de caridad.

Por su parte Zarataca, aquella encantadora setter irlandesa, especie de enferma mental que tiraba del mantel como Joselo, tuvo un final… podríamos decir que hermoso: acabó reintegrada a la naturaleza cuando decidió lanzarse en caída libre por la cascada Pajaritos. Cuando florecen los apamates en la montaña caraqueña, todavía me pregunto a cuál de ellos habrá servido de abono la querida perra.

Y por último, Scully y Molder, bautizadas así por mí, porque siempre estaban pegadas a las paredes del recipiente, como buscando una verdad que sabían estaba afuera. Unas tortugas nada ninjas, nada radioactivas, tan condenadas al plástico. Se las había regalado un noviecito,  El Turbulento lo bauticé, porque la hacía sufrir mucho ya desde tan joven. La prematura muerte del par de inocentes quelonios terminó dándome la razón.

Llegaron circulando con gran incomodidad en un recipiente plástico que llevaba impreso en su descabellado diseño y en el material del que estaba hecho, el sello de “crimen ecológico”. El día de su aparición los ojos de la niña se llenaron de ternura y los míos de un odio considerable pues, conocedora de la (mínima) condición humana de los adolescentes, auguré negligencias de la hija, más trabajo para mí y un dramático e inevitable fin para las mascotas.

—Ha sido así históricamente— sentencié.

Lo dicho: tuvieron un final fue tan espantoso como cualquier capítulo de “Expedientes X”. Murieron tomando sol; el implacable y ardiente sol tropical de la mitad de cualquier día del mes de agosto. La muerte las alcanzó, con muy poco esfuerzo, en una tina plástica de color naranja.

—¿No están como pataleando mucho esas tortugas?- pregunté, intuitiva. Sólo obtuve un desplante visual como respuesta pero al rato se oyó un destemplado, patético y estremecedor alarido: ¡Máaa-máaa… las tortuuugas!

No podría decir, como hacen en las crónicas periodísticas, que  “murieran calcinadas”, pero se hacía evidente que habían pasado trabajo y sobre todo que habían llevado mucho, mucho  sol.

Yo no quise saber más nada de ellas, aunque fui convidada al entierro… al último sepelio de mascotas que se celebraría en esta casa por los siglos de los siglos.

 

 

Autor: Ana Black

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